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Genero-Gender: Activities: Saluco 11: Los Derechos Humanos de las Mujeres | Saluco A�o 1 Boletin No. 11 Primera quincena, Septiembre 2002. Bolet�n de la Red Cubana de G�nero y Salud Colectiva Ateneo Juan C�sar Garc�a, Sociedad Cubana de Salud P�blica Cap�tulo Cubano de la Red de G�nero y Salud Colectiva de la Asociaci�n Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES) Coordinadora: Leticia Artiles l Vicecoordinadoras:Ada Alfonso Celia Sarduy
Los Derechos Humanos de las Mujeres Dos propuestas para la reflexi�n. 1. Riesgo de que en la Cumbre Mundial se condicione el derecho a la salud podr�a quedar sujeto a las leyes y cultura nacional. CIMAC 3 de septiembre 2002
2. La ciudadan�a y las mujeres Por Eva Giberti Para la APDH Julio 2002
JOHANNESBURGO Riesgo de que en la Cumbre Mundial se condicione el derecho a la salud podr�a quedar sujeto a las leyes y cultura nacional
DF, 03 SEP, 2002 (CIMAC).- Organizaciones de mujeres presentes en la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible en Johanesburgo defendieron los derechos humanos de la poblaci�n femenina ante el peligro de que el p�rrafo 47 de la declaraci�n final condicione el derecho a la salud y los servicios m�dicos conforme a las leyes nacionales y los valores culturales y religiosos. Las organizaciones abogaron esta ma�ana porque el p�rrafo en cuesti�n elimine esas referencias; por el contrario, que establezca que los derechos de las mujeres deben impulsarse "de conformidad con todos los derechos humanos y las libertades fundamentales".
Daphne Roxas, de la Red de Mujeres Asi�ticas en G�nero y desarrollo, sostuvo en un comunicado enviado a cimacnoticias, que la redacci�n actual del p�rrafo 47 es sumamente peligrosa porque desconoce que los derechos de as mujeres son derechos humanos, adem�s de que coloca a la poblaci�n femenina en riesgo ante la posibilidad de que las Naciones Unidas (ONU) avale leyes culturales que promuevan la mutilaci�n genital, los matrimonios forzados, los cr�menes de honor y otras pr�cticas da�inas para las mujeres.
Por su parte June Zeitlin, de la Organizaci�n de Mujeres por el Desarrollo el Medio Ambiente (WEDO), denunci� el aumento de religiosos que cabildean por la postura promovida por el Vaticano, la delegaci�n de Estados Unidos y los pa�ses isl�micos, contraria a los derechos humanos de las mujeres.
Esta ma�ana las mujeres organizadas, encabezadas por la excomisionada de la ONU para Derechos Humanos, Mary Robinson, se manifestaron en la sede de la Cumbre en Sandton Center para presionar a las delegaciones participantes. En sus pancartas acusaron a la cumbre de querer eliminar sus derechos humanos y de su intenci�n de retornar al siglo pasado.
Entrada en su fase final la cumbre arrojar� una declaraci�n y un programa de acci�n para los pr�ximos 10 a�os; ambos documentos se fundamentan en una evaluaci�n de lo que ha sucedido en esta �ltima d�cada, desde la Cumbre de la Tierra en R�o de Janeiro, en 1992.
En aquella ocasi�n los p�rrafos 20 y 24 de la declaraci�n reconoc�an que las mujeres tienen un papel clave en el desarrollo sostenible, por lo que recomendaban medidas para garantizar su participaci�n y sus derechos. Las sucesivas conferencias, la de Viena, la Cumbre de Desarrollo Sostenible y la de Beijing reconocieron que los derechos de las mujeres son humanos, por lo tanto protegidos por los derechos humanos universales. Balderas 86, Centro, M�xico, D.F., C.P. 06050 Tel-fax 55-10-00-85, 55-12-57-96 y 55-10-20-33 CIMAC mail cimacnoticias Si utiliza nuestros servicios informativos, le agradecemos cite la fuente.
La ciudadan�a y las mujeres Por Eva Giberti
Para la APDH Julio 2002
La insistencia, por parte de quienes estudian los temas vinculados con los g�neros, en la conceptualizaci�n de �la ciudadan�a� asociado con las mujeres constituye un fen�meno psicol�gico, pol�tico y social. Psicol�gico en lo que se refiere a insistencia y a la etimolog�a de este vocablo, derivado del lat�n existere, o sea, salir, nacer, aparecer, y de sistere: colocar, sentar, detener que, a su vez, queda ligado a persistir, a resistir y a subsistir. Su sentido habitual:�Repetir varias veces algo que se dice para asegurar el resultado� seg�n Maria Moliner que fue una campeona de persistencias en la producci�n de su Diccionario, construido durante d�cadas. Tambi�n �mostrar, al decir algo, especial inter�s en ello o recalcar su importancia�. O sea, insistimos en el concepto de ciudadan�a a partir de la superaci�n de la ingenuidad militante que las mujeres francesas ensayaron cuando creyeron, en aquellos tiempos de la Revoluci�n que ellas tambi�n ser�an consideradas ciudadanas por los varones revolucionarios ; pretensi�n que se consider� exagerada ya que solo hab�an contribuido a llevar adelante la Revoluci�n asistiendo heridos, levantando sus voces en el Asamblea Nacional, preparando comidas para los ciudadanos y empu�ando las armas que posibilitaron la instalaci�n de dicho proceso revolucionario.
Tales conductas no resultaron suficiente para quienes avanzaron en la consigna que los hizo famosos: Libertad, Igualdad, Fraternidad, los derechos del hombre instituidos por la Revoluci�n. Efectivamente fueron derechos para los hombres ignorando las l�cidas demandas de aquellas mujeres de las que formaba parte Olimpia de Gouges. En su Declaraci�n por los Derechos de las Mujeres y de las Ciudadanas, escrito en 1791, sosten�a: El fin de toda asociaci�n pol�tica es la conservaci�n de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre: esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y sobre todo la resistencia a la opresi�n. (Olimpia de Gouges 1791) Neg�ndose a aceptar la producci�n de textos, declaraciones y solicitudes firmados por las que fueron nominadas ciudadanas por mera pertenencia a la Revoluci�n, la Asamblea Nacional (Cahiers des Dol�ances des Femmas, 1981), que en un principio les permiti� concurrir a sus deliberaciones, finalmente les cerr� sus puertas, las amenaz� con encarcelarlas si persist�an en sus demandas y finaliz� condenando a morir en la guillotina a Olimpia de Gouges.
Imposible silenciar la violencia y la discriminaci�n ejercida contra las mujeres que pretend�an el reconocimiento de sus derechos, as� como el silencio que durante d�cadas rode� los festejos del 14 de julio , fecha en la que se conmemoraba la Declaraci�n de los Derechos del Hombre, un silencio encubridor de la realidad hist�rica.
Como surgi� y desde d�nde
La idea de ciudadan�a de las mujeres surgi� inserta en territorios del patriarcado que �diversificado en sus contenidos seg�n las �pocas - legitim� y legaliz� el funcionamiento de las organizaciones sociales y de las practicas institucionales. Legitimaci�n y legalizaci�n que mantiene su eficacia en �mbitos diversos.
El concepto de ciudadan�a adquiri� nuevos sentidos � despu�s del ejercicio sem�ntico de l@s revolucionari@s frances@s � a partir de una concepci�n unicista y monol�tica del pensamiento acerca de la �naturaleza humana� (que tambi�n puede encontrarse en las primeras concepciones de los revolucionarios franceses, todav�a distantes de una comprensi�n acerca de la pluralidad de lo pol�tico, si bien estaban en el camino de actuar resignificando el cambio en la relaci�n entre gobernantes y gobernados).La transformaci�n de dicho pensamiento , que se produce en el tr�nsito de las sociedades tradicionales hacia la modernidad, no incluy� los derechos de las mujeres como uno de sus principios b�sicos hasta el siglo XIX, en consonancia con el fortalecimiento de las luchas obreras insertas en la Revoluci�n Industrial iniciada en el siglo XVIII. En paralelo, los campos de lo p�blico y de lo privado comenzaron a redefinir sus respectivos espacios, lo cual tuvo como consecuencia una reformulaci�n -que hoy en d�a nos resulta elemental- acerca de aquellos derechos.
As� suced�a en Europa y se extendi� a Estados Unidos, mientras se desarrollaban las discusiones filos�ficas y pol�ticas acerca de la democracia y su relaci�n con la econom�a, regulada por el capitalismo. Fue Marshall quien en 1949 abri� un debate sociol�gico y pol�tico alrededor de la relaci�n democracia-capitalismo y propuso una caracterizaci�n para la ciudadan�a centrada en los derechos sin referencia a las responsabilidades y obligaciones para con la esfera p�blica, lo que determin� que su descripci�n se caracterizara como ciudadan�a pasiva. Ni la derecha ni la izquierda que discutieron los planteos de Marshall aportaron un criterio que permitiera advertir la ausencia de una ciudadan�a referida a las mujeres si bien era notorio que la enunciaci�n de Marshall se refer�a a los varones. No obstante los te�ricos del pluralismo cultural acu�aron el concepto de �ciudadan�a diferenciada� (Young, 1989), mediante el cual intentan introducir las perspectivas de las minor�as y de aquellos grupos cuyas culturas aparec�an como ajenas a la que se consideraba normalidad y a las que con frecuencia se les neg� el derecho de ciudadan�a en tanto no acordaban con la can�nica inicial de Marshall.
Mientras tanto los movimientos de liberaci�n de la mujer y las corrientes del feminismo hab�an avanzado notablemente en los reclamos y fundamentaciones acerca de los derechos del g�nero mujer. Instancia que se constituy� en un punto de inflexi�n para construir los par�metros que permitieron establecer s�lidamente la asociaci�n ciudadan�a y derechos humanos. Recordemos que fue preciso avanzar en una lucha pol�tica intensa para lograr que las mujeres fueran reconocidas-en las declaraciones internacionales- como personas con derechos propios adem�s de los universales. Afirmar que al hablar de derechos humanos inclu�a a las mujeres era una ficci�n: �El ingreso al espacio de los derechos que comprende la ciudadan�a lo adquiri� la mujer a trav�s del trabajo asalariado, m�s como una concesi�n pol�tica que como un estatus con garant�a de plena igualdad ciudadana. Es el derecho al voto lo que marc� definitivamente ese acceso. Pero, como sabemos y ha sido ampliamente investigado, las mujeres estamos, en todas las sociedades, todav�a muy distantes de ejercer plenamente todas la prerrogativas, derechos y a�n deberes que implica esa ciudadan�a.�(Ergas,Y. s/f)
Diana Mafia (1994) en un ensayo en el cual enumera y analiza los derechos Civiles y Pol�ticos y los Derechos Econ�micos, Sociales y Culturales afirm�:�La clasificaci�n de los derechos humanos no es un mero problema sem�ntico, es un problema de poder que tiene consecuencias pol�ticas pr�cticas. Los derechos de la mujer est�n a nivel inferior que los derechos del hombre.�
La idea inicial de ciudadan�a parti� de una conceptualizaci�n masculina y de un Ethos masculino, como sostiene E. Garc�a Prince (1996), que se expresa con especial fuerza en el dominio de la vida pol�tica en forma de tradiciones, pr�cticas, criterios y valores que excluyen y/o crean barreras a la participaci�n de las mujeres.
En las d�cadas del 70 y del 80 los liberales y los comunitaristas introdujeron en sus discusiones la nueva idea de sujeto, pero disociados de cualquier contacto con los reclamos del feminismo; sin embargo, las corrientes feministas ya se hab�an hecho presentes en la bibliograf�a internacional y se pon�an en marcha los Congresos, las Reuniones Internacionales reguladas por la necesidad de ocuparse social y pol�ticamente del genero mujer.
En su texto Oficio de la Ciudadan�a, Barcena (1997) distingue entre el criterio liberal, que entiende a la ciudadan�a como un estatus, como un t�tulo al que accede y la postura comunitarista que la postula como una pr�ctica que no prescinde de la defensa del inter�s com�n. En ese lugar se encuentran los aportes Waltzer, de Taylor y de Arendt. M�s all� de estas escasas enunciaciones, una extensa bibliograf�a puede informar acerca de estos aspectos del tema.
Campos discursivos e imaginarios sociales
La ciudadan�a de las mujeres contin�a insistiendo en ocupar su lugar: Conferencias Mundiales, Declaraciones, Foros, Institutos, Secretar�as y Direcciones de la Mujer en diversos pa�ses incluyeron el inter�s por el tema en niveles institucionales, lo cual engendr� campos discursivos que expresaron pol�ticas propias del g�nero. Dichos campos discursivos estuvieron vinculados con las diversas etnias y con las regiones geogr�ficas cuyas culturas demandaban caracterizaciones propias. Por ejemplo, la infibulaci�n y la clitoridectom�a en los pa�ses que responden a la religi�n musulmanes (�frica y Oriente Medio) exigen un an�lisis y una pol�tica de �ndole internacional respecto a dichas pr�cticas criminales avaladas por las convicciones culturales en paralelo con la promoci�n de los derechos ciudadanos.
En Am�rica Latina, dichos discursos se dispersaron seg�n la orientaci�n liberal, autoritaria, populista o democr�tica de las corrientes pol�ticas que tomaron la ciudadan�a como tema para ser discutido. Tanto las posturas que propiciaban cambios radicales en la vida de las mujeres, como aquellas que enfatizaban el maternalismo y el �respeto a las caracter�sticas especificas de la mujer� inclu�an sus pareceres y de ese modo recreaban los campos discursivos, ya fuese desde criterios conservadores o progresistas.
La efervescencia que se registr� en tales campos discursivos alert� a varios gobiernos de Am�rica Latina que comenzaron a incluir �el tema mujer� en algunos proyectos gubernamentales. Lo cual arrastr� la posterior necesidad de focalizar la ciudadan�a como un componente necesario para ilustrar el imaginario social que precisaba calificar a aquellas mujeres que progresivamente ocupaban cargos p�blicos o que eran mencionadas como referentes pol�ticos (debido a su practica en partidos pol�ticos).
Las legislaciones de diversa �ndole posicionaron al g�nero en condici�n de tuteladas reforzando las ideolog�as, creencias, prejuicios y mitos que las pr�cticas del patriarcado agitaron e instituyeron. Desde la reproducci�n del apellido mediante el engendramiento as� como la derivaci�n de la crianza en la servidumbre dom�stica hasta la explotaci�n econ�mica y la violaci�n sexual garantizada como derecho, los beneficios para el g�nero masculino en su funci�n de poder dominante han sido-contin�an siendo- m�ltiples y sostenidos. Por lo tanto, incluir la dimensi�n de ciudadan�a como derecho inalienable del sujeto-mujer arriesgaba p�rdidas y traspi�s para el ejercicio de ese poder.
Hablando del poder
Si de ciudadan�a hablamos ingresamos, transitamos y resignificamos los territorios del poder. Tema que ha ocupado miles de p�ginas, una de las cuales selecciono, aportada por Castoriadis (1995): �Precisamente, cuando se ha roto, al menos en parte, el imaginario milenario de la realeza del derecho divino (ratificado y reforzado por el cristianismo, "todo poder viene de Dios"), sigue subsistiendo con no menos intensidad la representaci�n del poder como extra�o a la sociedad, frente a ella y opuesto a ella. El poder son "ellos" (us and them, sigue dici�ndose en ingl�s), nos es hostil como norma y se trata de contenerlo dentro de sus l�mites y de defendernos ante �l.
Solamente en las �pocas revolucionarias, en la Nueva Inglaterra o en Francia, la frase we the people [nosotros, el pueblo] o el t�rmino Naci�n, adquieren un sentido pol�tico y se declara que la soberan�a pertenece a la naci�n, frase que ser� r�pidamente vaciada de su contenido a trav�s de la "representaci�n". � Asociar el complejo tema de la representaci�n y su conjunci�n con la representatividad ,atraves�ndolo con el tema mujer deja al descubierto una de las brechas m�s significativas en la historia de este tema :�qu� �ndole de representaci�n- refiri�ndome a los intereses derivados del g�nero � logran poner en acto los varones cuando se trata de legislar acerca de la violaci�n, el acoso sexual, el aborto, los derechos reproductivos, la igualdad en los salarios como remuneraci�n del mismo trabajo, derechos a los ascensos, etc.? Por cierto que, en nuestro pa�s, el joven Alfredo Palacios asumi� la responsabilidad de luchar por derechos b�sicos de las mujeres, vulnerados en aquella �poca. Pero, junto con otr@s lideres del socialismo, constitu�an la excepci�n y el esc�ndalo que sacud�a a la burgues�a nacional. No obstante aquellas hist�ricas defensas part�an mucho m�s de la sensatez, la inspiraci�n en textos europeos y la bonhom�a de aquell@s l�deres que de su convicci�n acerca de la condici�n de ciudadanas de sus defendidas. Alcanza con leer los debates desarrollados en las C�maras del Congreso para reconocer el discurso tutelar. Necesario, indudablemente, en aquel momento.
La menci�n del poder obliga a des-implicar su ejercicio de los discursos que a �l se refieren: no alcanza con hablar del poder propio o ajeno. Es preciso pulsar el poder cuando �ste muestra su eficacia en el �mbito de los derechos de las mujeres, as� como es necesario registrarlo en ausencia cuando solo lo cotizamos en clave de deseo.
El poder deja de entenderse seg�n una limitada concepci�n maquiav�lica (uso, usufructo, abuso deja de ser una mala palabra, una entidad que �no deber�a importarle a las mujeres�) (Giberti E.1992) seg�n lo sostienen determinadas creencias, para dar lugar a diversas formas de imaginaci�n, de gesti�n y de decisi�n concebidas y fermentadas entre cong�neres asociadas en la construcci�n de una lucha por los derechos de todas. All� es donde podemos lograr el reconocimiento de nuestro derecho de inserci�n e integraci�n- ya enunciados por varios autor@s- al referirse a la jerarquizaci�n de los derechos sociales (Giberti E., 2000)
En Am�rica Latina amanec�a el registro de un poder en manos de las mujeres, si bien la idea de ciudadan�a como tal solo se esbozaba en aquellos sectores del feminismo que estaban alertas. Desde esta perspectiva era posible conceptualizar la ciudadan�a como ejercicio de poder, vincularla con las relaciones de poder y los significados sociales que se otorgan al poder. La famosa frase: �detr�s de todo gran hombre hay una gran mujer� comenzaba a resquebrajarse: las mujeres aparec�an en primer plano sin necesitar alg�n var�n que la protegiese o encubriera sus capacidades y talentos, haci�ndolos pasar como propios. No obstante, el vaci� sem�ntico alrededor de la asociaci�n ciudadan�a/mujer persist�a: era posible reconocer sus aptitudes como empresarias, como investigadoras y profesionales, como acad�micas, como artistas, todo ello asociado al trabajo y a la remuneraci�n del mismo pero la asignaci�n de ciudadan�a, caracteriz�ndola como objeto construido a partir de la historia del g�nero, se incorpor� tard�amente entre nosotros si lo comparamos con otras asignaciones referidas a las posibilidades de pensamiento y de acci�n de las mujeres.
Construcci�n de ciudadan�a como �objeto de estudio�
La pretensi�n de integrar la idea de ciudadan�a con esa caracter�stica de inalienabilidad como constituyente de la subjetividad de ese sujeto mujer, conociendo cu�les ser�an los obst�culos que se encontrar�an, condujo a la creaci�n del objeto ciudadan�a para las mujeres. Dado que, a diferencia de lo que suced�a con los varones, esa ciudadan�a no aparec�a como algo dado producto de haber nacido en una naci�n, estimando, por lo tanto, que como derivaci�n y soporte de todos los derechos constitucionalmente avalados se introduc�a la condici�n de ciudadano. Esa impronta originaria acerca de la cual no cab�an dudas, y se daba por instalada por el solo hecho de existir, indicaba una ausencia conceptual, sem�ntica y de facto en los hechos y en el imaginario social.
De all�, la necesidad de construirla como objeto epistemol�gicamente reconocible y categorizable, adem�s del derecho de poseerla y disponer de ella. Un objeto emp�ricamente construido, nuevo y novedoso, como lo dir�a Bordieu (1992), que focaliz� su idea de objeto como construcci�n en el conocimiento de las relaciones �subterr�neas� entre la historia oficial y otras versiones hist�ricas, as� como aport� la idea de �historizar a quienes se ocupan de construir el objeto� (ciudadan�a en este caso) y las herramientas que utiliza para hacerlo (op�rer l'historicisation du sujet connaissant et des instruments de connaissance). Complet� su idea al afirmar que se trataba de historizar el universo en el cual se produce y circula el saber con el que se trabaja. Por ejemplo, y para nosotras, lo que �se sabe y lo que se dice� acerca de la ciudadan�a referida a las mujeres, donde se incluyen los discursos, las leyes, los silencios y las costumbres.
Subrayar la eficacia de los datos hist�ricos, tanto los conocidos cuanto el encubrimiento y omisi�n de los mismos forma parte de la construcci�n del objeto ciudadan�a, entendido como objeto te�rico que permite la discusi�n de sus contenidos, de las normativas que pueden crearse o resultar del concepto, las metodolog�as mediante las cuales se aborda el objeto y las aplicaciones en el campo de la praxis.
Cuando mencionamos temas referentes al g�nero mujer, es imprescindible incluir la informaci�n hist�rica, por ejemplo, desconocer los antecedentes de las mujeres que durante la revoluci�n francesa plantearon sus declaraciones, en tanto ciudadanas, nos advierte acerca de la interesada omisi�n que ese dato pone al descubierto. Fue preciso que determinadas investigadoras francesas avanzaran en la b�squeda de datos originados en otras �pocas para verificar la significativa ausencia de la iconograf�a y de los textos protagonizados por aquellas mujeres. Lo que nos remite a las relaciones entre diversos enfoques de los hechos hist�ricos y el silencio acerca de otros.
Las relaciones que podemos encontrar entre lo que se ocult� y lo que se privilegi� (las acciones masculinas durante dicha Revoluci�n) desenmascaran los intereses que tienden a mantener la desigualdad entre hombres y mujeres ya sea mediante las omisiones o mediante la circulaci�n de discursos tendientes a promover la idea de mujer-ausente de la historia. En este ejemplo particularmente significativo dado que las ciudadanas francesas hab�an suministrado los antecedentes para que el g�nero adhiriese a su entusiasmo por llamarse a si mismas, las ciudadanas
Algo semejante sucedi� despu�s de la Revoluci�n Mexicana de 1910 :las mujeres que hab�an participado activamente �como combatientes en los movimientos armados� reclamaban sus derechos recordando en sus manifiesto: � Desde 1821 grupos de mujeres piden derechos c�vicos (�) pero una vez pacificado el pa�s (despu�s de 1910), la mujer debi� volver a su lugar. La igualdad que se obtuvo durante las luchas se esfum� r�pidamente�En cuanto a los derechos pol�ticos (�) el Congreso Constituyente fundamenta la negativa para otorgarle el derecho al voto a la mujer afirmando; las actividades de la mujer mexicana han estado restringidas tradicionalmente al hogar y a la familia. Ella no ha desarrollado una conciencia pol�tica y no ve adem�s la necesidad de participar en asuntos pol�ticos. Esto se demuestra en la ausencia de movimientos colectivos para este prop�sito� (Claudia von Werlhof, 1980)
Si el an�lisis l�gico puede arrancar una sonrisa ante la evidencia de la falacia que tal Congreso instituy�, la violencia que el texto traduce contra el g�nero mujer constituye uno de los antecedentes hist�ricos que avalan la necesidad de enfrentar sin titubeos la persistencia de estos contenidos en algunos discursos actuales. Pensar la ciudadan�a como categor�a particularizable constituye una necesidad porque es preciso recortarla y desagregarla de la ciudadan�a le�da en abstracto, lo que autorizar�a a generalizar su aplicaci�n sin distinciones entre los g�neros.
Desigualdades y relaciones son categor�as �tiles para estudiar el concepto de ciudadan�a
Cuando me refer� a categor�as alud� a los sucesos y a las din�micas que marcan los lugares que ocupan las distintas desigualdades entre hombres y mujeres, ciudadanos y extranjeros, y otros ejemplos que no dependen sola y prioritariamente de sucesos individuales, (discriminatorios por ejemplo) sino de la experiencia colectiva de las comunidades. Dependen de las relaciones entre los miembros de la comunidad, de la interacci�n social, lo que se denomina el contexto organizacional que es el encargado de mantener los beneficios o las carencias que les corresponden a los sujetos individualmente evaluados. Las relaciones constituyen un n�cleo pulsante, en la construcci�n del objeto ciudadan�a mujer porque contribuyen con la evidencia de los modos que usamos para relacionarnos entre mujeres o entre mujeres y otros. Se organizan como categor�as relacionales, como se advierte en los rituales que acompa�an al matrimonio y se transparentan en el contrato matrimonial que estipula de que manera el hombre y la mujer acceden a convivir legalmente, autorizados tambi�n para engendrar. La entrega de la novia al sacerdote que habr� de casarlos, tarea a cargo del padre de la mujer, as� como el texto del contrato que lee el juez( o la jueza) en el registro civil (actualmente amainado en su severidad original respecto a la obligaci�n de seguir al esposo all� donde instalase su vivienda) indican la calidad de esas relaciones que no han sido pensadas desde la existencia de una mujer ciudadana. Seg�n sea el modelo mediante el cual se establecen las diversas relaciones pueden instituirse como categor�as estructurantes de las desigualdades.
Las categor�as relacionales tambi�n nos permiten entender el tipo de relaciones que se entablan entre los miembros de una categor�a (las mujeres que est�n desinformadas acerca de sus derechos y no lo reconocen � o sostienen que el tema no les interesa-) y quienes no forman parte de dicha categor�a (las mujeres que est�n desinformadas acerca de sus derechos y tratan de informarse). Esa �ndole de relaciones entre mujeres que distingue las diferencias entre quienes se mantienen indiferentes y aquellas que no s�lo se informan acerca de sus derechos, reconocen el valor de saberse ciudadanas y muchas de ellas se ocupan de difundir el conocimiento de tales derechos no nos autoriza a generalizaciones, sino, por el contrario subraya las relaciones que se entablan entre tales diferencias. Ambas posiciones constituyen formas o modos de existencia de aquello que se considera �social�
Autonom�a, pensamiento cr�tico y participaci�n activa
Sabemos que el concepto de ciudadan�a no es uniforme y en su producci�n se entrecruzan diversas variables; en cuanto a ciudadan�a y mujer se caracteriza porque su actora a�ade un plus de especificidad debido a la historia del g�nero, a la persistencia de discursos de corte machista, a la resistencia para difundirla (en �mbitos institucionales) y dada la complicidad conciente y no conciente de las mujeres que dicen �no importarle el tema�, o desconocerlo.
La ciudadan�a ya no se sostiene exclusivamente en un soporte jur�dico asociado con la demanda acerca del ejercicio de los derechos. Se trata de una matriz que reclama complementos y constructos sociales, pol�ticos, econ�micos y psicol�gicos, as� como un posicionamiento hist�rico y geogr�fico de sus actoras; (una situaci�n paradigm�tica respecto de la ciudadan�a es la que protagonizan las mujeres migrantes).
La variable psicol�gica de la ciudadan�a, entre sus diversas interpretaciones, se ocupa de subrayar el derecho a la autonom�a del que disponen l@s sujetos. Tema que ilumina un punto de inflexi�n, dado que la autonom�a de las mujeres-generalizando indebidamente- reclama un capitulo especifico.
El pasaje que se extiende desde la mujer tutelada hacia la mujer aut�noma incluye una multitud de modelos que describen las subordinaciones y las opresiones que dificultan o impiden, en un universo infinito formado por mujeres y ni�as (Giberti E. 2001,a) la adquisici�n de conciencia acerca de la autonom�a como soporte calificado para vivir como ciudadanas
La conciencia acerca de �ser ciudadana� desemboca inevitablemente en la revisi�n de las pr�cticas que caracterizan la vida de cada organizaci�n familiar, as� como la vida de las mujeres en sus ocupaciones laborales. Autonom�a no significa individualismo a ultranza, sino apunta a la autodeterminaci�n en lo que se refiere a tomar decisiones, condici�n que demanda una capacidad cr�tica y un compromiso participativo en la comunidad. Formando parte de la concepci�n actual de autonom�a asociada con el juicio cr�tico desde perspectivas de g�nero queda al descubierto la autoexclusi�n del g�nero respecto de los temas econ�micos. La autoexclusi�n ha sido inducida desde las pautas culturales regenteadas por el patriarcado y sostenidas mediante la colonizaci�n intelectual-social de un universo formado por mujeres no esclarecidas acerca de sus derechos, uno de ellos disponer de informaci�n y educaci�n.
La resistencia al pensamiento que analiza las relaciones de producci�n y las relaciones internacionales, es decir, los compromisos del propio pa�s con grupos extranjeros se advierte como una carencia (salvando las excepciones). Como si la ciudadan�a condujese a privilegiar solamente la defensa de determinados niveles de derechos humanos, descuidando aquellos que competen a la econom�a y su enlace con la soberan�a nacional, la explotaci�n, el empobrecimiento de l@s habitantes de una naci�n, y por extensi�n, la responsabilidad que nos corresponde asumir respecto de las pr�ximas generaciones. Este aspecto de la ciudadan�a referido a la econom�a y los mercados �que por razones de distribuci�n de los temas recorto como si fuera posible desagregarlo de la totalidad - impregna actualmente la construcci�n del objeto te�rico que mencione anteriormente. Uno de los riesgos m�ximos de dicha construcci�n, as� como de la praxis o puesta en acto de la ciudadan�a reside en que las ciudadanas aceptemos ser interpeladas, prioritariamente, como consumidoras y clientes. La advertencia ha sido formulada por diversos autores, entre ellos Garc�a Canclini (1995):�actualmente el espacio de participaci�n y articulaci�n del orden es el mercado�. El tema reclama otro espacio para exponerlo con el rigor necesario.
Este planteo acerca de la autonom�a posiciona a las mujeres en calidad de lo que se llam� agentes de cambio; o sea, su capacidad para recurrir a conductas opositoras a las pautas culturales hist�ricamente convalidadas as� como mantener encendido el alerta acerca de los discursos mediante los cuales las practicas sociales jerarquizan modelos dominantes a cargo del g�nero masculino. Lo que significa no acatar lo dado cuando incrementa o fogonea la discriminaci�n y la exclusi�n del g�nero. Por el contrario mediante la calificaci�n que aporta una ciudadan�a sustentada en el conocimiento y en la evocaci�n de las inequidades padecidas derivadas de la pertenencia a un g�nero, atreverse a propiciar los cambios de un sistema que no titube� en postergarnos y omitirnos de los beneficios y responsabilidades sociopol�ticas y econ�micas.
Durante siglos nuestros resortes vitales se mantuvieron tensos en la defensa de nuestras razones que contribuyeron en la revisi�n �tica de las pol�ticas patriarcales; resortes cuya cintura pol�tica tambi�n les permiti� mantenerse el�sticos en el entrenamiento necesario para crear pol�ticas de g�nero. La variable activa de los derechos ganados y defendidos durante centurias �que constituyen el n�cleo fundante de la ciudadan�a- se ejerce en una dimensi�n pol�tica que conduce a la intervenci�n de las mujeres en la creaci�n de pol�ticas y en la observaci�n cr�tica de las actividades que realizan los poderes p�blicos (Giberti E. 1999). La insistencia actual alrededor de la ciudadan�a ratifica aquellas antiguas pr�cticas iniciales, las actualiza e impulsa a quienes sostienen que �un mundo mejor es posible�
BIBLIOGRAF�A
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